DESDE EL RINCÓN DE MIS GARABATOS
Néstor Soto Argumedo
Nací en Huamanga, cuando el antiguo calendario Bristol marcaba el 08 de octubre de 1936. En la
dirección,
hoy Jirón Londres 5 esquinas para abajo, como quien se va a San Juan Bautista. Mis padres fueron José
Antonio Soto Minaylla y Victoria Argumedo, natural de Huanta, huérfana de padre y madre ella vivía en la
casona de mis abuelos, donde nos acogía a toda la familia.
Esta casona de mis abuelos era típicamente de
arquitectura española de dos patios, la primera, la principal, con su clásico pozo para sacar agua, como
en
los tiempos de los españoles (empedrados con piedras planas de rio; corredores, arquerías y escaleras de
piedras y ventanales tallados, donde se mostraba claramente los alto relieves de flores o uvas con hojas
retorcidas, muy similar a los tallados en las mas de cuarenta y cinco antiguas iglesias de Huamanga
donde
resaltan los diferentes estilos de la arquitectura española, por lo que se escucha decir de muchos que
opinan que Huamanga es la segunda Sevilla”.
Yo estuve bajo la tutela de mis abuelos, que siempre acogían a la familia, a los empleados o personal
que trabajaba con ellos.
Debo resaltar que mi abuelo tenia su temperamento muy severo, como siempre serio, aunque hablaba o decía
algún chiste, referían o dicho que asombraba a su pensamiento, sin dejar la seriedad, apenas soltaba una
pequeña sonrisa o mueca. ¿Y mi abuela? Era todo lo contrario, muy alegre, sumamente maternal, hasta creo
que
o era su engreído. Mayormente, crecí al lado de ellos desde que murió mi padre cuando tenia siete años.
Aun
no puedo recordar claramente como era el rostro de mi padre, como era policía paraba viajando, no
dándome la
oportunidad de conocerlo. En cambio, mi madre estaba a mi lado, pero lamentablente sufría la
indiferencia de
la familia, especialmente de mi abuelo que cuando estaba en copas nos botaba a todos a la calle,
amanecíamos
refugiados en la casa de la vecina que era comadre de mi abuela.
Como decía, no gocé de la presencia de mis padres de su ternura, de sus caricias, él siempre estaba
Iejos de nosotros. Y mi madre, Victoria Argumedo, natural de Huanta, también estaba bajo el amparo de
mis abuelos que lo habían acogido cuando quedo huérfana a muy tierna edad. Ya jovencita se unió a mi
padre, de esa unión somos yo y mi hermano mayor Roberto Soto Argumedo.
EL ABUELO
Mi abuelo Guillermo Soto Gastelú era un comerciante prospero. Llevando sus mercaderías (zapatos) y otros
recorría grandes distancias, llevaba a lejanos pueblos donde celebraban fiestas, ferias dominicales y cuando
estaba encopado me Ilamaba para hacerme sentar a su lado y comenzaba a contarme sus infinidades de
aventuras, que como yo era pequeño, me aburria sus relatos. Pero cuando estaba en ese estado se ponía muy
amable, muy cariñoso. Diría, que me tenía mucha confianza que a sus propios hijos, o sea, mis tíos. El
abuelo astuto, se hacia el bueno dándome, pancito, hojas de coca, era por el interés de que le comprara su
cañazo. Chacchaba su coca y de vez en cuando su copita de cañazo. Ah, no se si seria malo o bueno mi abuelo
solía tomar una sola vez al año, a veces este “una sola vez” duraba un mes o una semana. Después de tomarse
una buena copa que le caliente. En estos vaivenes yo era su cómplice, recibiendo por mis servicios los ricos
panes, las famosas chaplas (panes sin miga) pan de piso grandes como de la ultima cena, de sabor neutral ni
sal ni azúcar. Pues yo era muy amante del pan.
LOS LARGOS VIAJES
El negocio de mi abuelo había crecido tanto, que pensó, que había llegado el momento de los grandes viajes.
Para ello, contaba con el personal adecuado y gran cantidad de acémilas (especialmente mulas). Viajaba a las
ferias llevando mercaderías, según me contaban, llegaba hasta el Callao, donde compraba sedas, porcelanas,
sombreros finos para los conocidos terratenientes de aquel entonces.
Y con el tiempo, se especializo en confeccionar zapatos, botines sobre medida, muy especiales con material
de primera, obteniendo muy buena cotización y por tanto ganancias. Se organizaba sus cosas muy bien.
Con el correr del tiempo viajaba hacia el sur, con todo cargamento y el apoyo de su personal especializado
(herreros, equipo de primeros auxilios, cocineros, guías expertos, etc.), después de varias ardorosas
jornadas estaban arribando a Puquio Capital de la Provincia de Lucanas Puquio y luego a Coracora, otra
Provincia colindante.
Finalmente, se estableció en Puquio, a la vez enamorado de algunas linda Puquianita o el negocio era mas
prospero. Mucho tiempo permanece en Puquio, mientras mi abuela decide viajar a Puquio, con toda la familia
que quedamos en Huamanga, dejando casi en abandono la casona. El viaje resulto de lo más penoso sufrí mucho,
pasé hambre y sed. Iba amarrado al lomo de una de las mulas, y para mi mala suerte, que cuando la mula olía
el excremento en plena puna, se iba a revolcarse sobre el excremento teniéndome en su lomo, sin importarle
mis gritos y mi dolor.
Y así, pasando mil peripecias cerca de un mes Ilegamos a Puquio, con la felicidad de no habernos encontrado
con asaltantes en el camino, como me contaba mi abuelo. Hasta los asaltantes eran sus amigos o sus
compadres, porque les daba una cuartilla de aguardiente, como pagar peaje, alguno que otro sombrero de lana.
Y también mi abuelo solía pasar esos parajes peligrosos y tan raros deambulaban monstruos, según cantaban
precisamente una de los cerros se llamaba ÑUÑULLA porque se parecía a la teta de una mujer. Luego, nos
señalaba cuevas donde habitaban las qarqachas, decían que ha media noche salían corriendo con un ruido
espantoso y
los “Umas” (cabezas voladoras), cuerpos sin cabeza. Por eso había personas especialistas en cazar las
qarqachas, que soga en mano los atrapaban y hasta incluso, a plena Iuz del día, y los hacia confesar que era
una persona que convivía con su propia hermana, madre u otro familiar, según contaba la gente que transitaba
por esos lugares.
Fue largo el viaje de días y semanas de caminata, solíamos descansar en algún pueblo o donde nos agarró la
noche, buscábamos un sitio estratégico o una cueva, donde no corriera fuerte viento y frio, cercano a un
riachuelo, para poder descansar cómodamente, porque era duro el viaje. Yo, todavía muy pequeño, hasta me
volvía mudo, con las manos encorvadas por el frio y el hambre. Ahora que ya me ubico ya de grande, nos
dirigíamos hacia el Sur, pasando por Pampa Cangallo, luego llegando al mismo pueblo de Cangallo, a Huancapi,
y seguíamos llegando a pueblos, caseríos, cruzando ríos, quebradas !!Por fin!! Se acercaba ya el final.
Llegamos a lshua, Cabana y Andamarca, rodeado de hermoso e impresionantes andenes de origen incaico, con sus
calles rectas típicos de los pueblos de la sierra. De este ultimo pueblo nos dirigimos hacia Puquio.
Llegamos una tarde cansadísimos de hambre y sed, donde mi abuelo, asombrado de nuestras peripecias, nos
ubico en una casa antigua pero amplia, casi al centro de la ciudad.
KAYCHUM HAYCHUM PUQUIO LLAQTA
Puquio, viene de la palabra quechua “PUKYU” (que significa) ojo de agua, manantial) esta ubicado al sur del
departamento de Ayacucho, en un terreno bastante accidentado, con sus subidas y bajadas, rodeado de ríos y
riachuelos como Santa Rosa de Chulla hora, Taqsanamayu, Yanaweqe, salpicado de manantiales o puquiales
rodeados de berros, que abastecían del liquido elemento a toda la población. Precisamente, por la cantidad
de manantiales existentes, a la ciudad lo llamaron Puquio. Hasta en sus canciones reflejan toda una
tradición de estas tierras. Aquí nos afincamos toda la familia, prácticamente abandonando toda la casona
donde vivíamos en Huamanga, dejando solo a un guardián que era sordo mudo y también encargando a los vecinos
y algunos familiares, y todo esto está sucediendo en 1940 aproximadamente.
EL TERREMOTO
El año 1940, pasó en Puquio algo inesperado y terrible: un terremoto muy fuerte. Aun yo niño todavía no
entendía a lo que estaba pasando, veía correr despavoridos a la gente y solo atiné a seguir a donde corrían
al campo deportivo de Matara. En mi ingenuidad creía que en ese campo iba aterrizar mi helicóptero o algo
fantasmagórico. La gente iba a Matara Pampa llevando su cobija, o lo que fuese, pero como era nieto de don
Guillermo, me acogían en su grupo familiar. Un día y noche no aparecí por la casa de mis abuelos, logré
retomar temblando y asustado, pero mis abuelos me hacían buscar pensando que alguna desgracia me haya
pasado. Me presente ante mis abuelos y me regañaron porque les había causado mucha preocupación y mucho
miedo del terrorífico del terremoto.
MI ABUELO: FUE UN HÁBIL VENDEDOR DE SUS MERCADERÍAS
Dice el dicho “que un negociante Huamanguino es más astuto que dos zorras juntas. Su galantería y sus
palabras son precisas para convencer al más desgarrado comprador”. Era admirable mi abuelo, con ese don de
vendedor, hablándole en un entrevero de quechua y castellano, a su comprador ofreciendo su
mercadería.
Y era también admirable como nos acogió bajo su amparo a sus nietos. Yo era el último nieto, hijo de su
primogénito, que lo recuerdo con mucho cariño y otras veces de amargo sabor, tal vez fue por mi propio
bien.
La zapatería de mi abuelo era la única en esa época bien surtida. Trabajaba con diferentes casas comerciales
de Lima, Arequipa y Huancayo. Era fabricante de calzado de la mejor calidad, para ello contaba con un
verdadero equipo de maestros operarios que venían a Puquio contratados desde Huamanga, Piura y
Arequipa.
Maestros especialistas que garantizaban la calidad de zapatos que ofrecía mi abuelo. Los hacendados de la
época mandaban hacer sus botas con mi abuelo, sobre medida y muy especiales, pues, cubrían hasta la rodilla
con ganchos pasadores entrecruzados. De diez a quince maestros u operarios ocupaban el taller, como decía,
cada uno con su especialidad trabajando día y noche, aunque esa época todavía no había luz eléctrica, se
alumbraban con tres velas, cuatro velas, lámparas o queroseno.
Para mi abuelo yo era el mas cercano colaborador, el mismo me encargaba para sus moldes en el cuero con
rafias especiales de carboncillos plomos especiales para zapatería, cortaba según los moldes, modelos y
hormas especiales.
Parece que ahí aparecieron, digo, mis primeros pininos en el arte, pues me despertó la habilidad en los
trazos y mis primeros dibujos. Porque los maestros me regalaban lápices, aunque gastaditos, para seguir
dibujando y los detalles en especial para damas que eran bastante complicados.
Durante las noches cuidaba a los maestros para que no trabajaran otros trabajos extras o traídos de la
calle, solamente tenían que dedicarse a la zapatería de mi abuelo. Como que era yo el vigilante, escuchaba o
descubría las habilidades artísticas de cada uno de ellos, otros me contaban cuentos con lujo de detalles,
cuentos conocidos como Alí Babá y los cuarenta ladrones, el gato con botas, caperucita roja, mientras otros
me contaban anécdotas cuando eran jóvenes, la mayor parte eran gente mayor todos estos cuentos era para
amenizar las noches. Lo malo que estos trabajadores toda su ganancia lo gastaban en tragos, eran muy
viciosos al trago, a la coca y al cigarro. Para congraciarme iba a los biliares para recoger puchos de
cigarrillos que estaban botados, y los mesclaba con argamasa y papel blanco para hacer cigarros largos y de
diferentes marcas.
Por esta mi ingeniosidad me estimaba mucho el más viejito de todos, se Ilamaba Tayta Feliciano, era muy
paternal y yo me identificaba con él, a veces porque lo encontraba muy tomadito en la calle y lo llevaba a
la casa para que descanse. La mayor parte dormían en los corredores de la casa. Yo también me acomodaba en
ese corredor de la casa. Casi nunca dormía en la habitación y en mi pateadero dormía mi perro Ilamado
“hotelero”, se parecía mucho al pastor alemán. Mi fiel amigo Tayta Feliciano me decía que él tenía
cualidades de maestro tocando esos charanguitos que fabricaban en Huamanga, eran de madera blancas con
clavija de madera y cuerdas de tripas torcidas. Mayormente, los huamanguinos que llegaban a Puquio a la
feria patronal, traían entre otras cosas, estos charanguitos. Por esos días, mi abuela se entera que había
llegado su comadre huamanguina, que llegaba con toda su familia, me dijo que vaya a saludarla y conocerla.
La señora me recibió con mucho cariño y nos contó que traía mucha mercadería y muchos charanguitos blancos
(sin pintar ni barnizar) que más parecían de juguete. Me regalo uno de ellos además de “chaplas” (panes
huamanguinos). Estos regalos alegraron mi vida, y me fui a mi casa rasgando, como sea, e ingrese haciendo
bulla donde los maestros zapateros. En eso, don Feliciano me llamo muy entusiasmado pidiéndome el
charanguito para tocar. Comenzó a pulsar y con su voz aguardientosa, se mando muchas canciones ayacuchanas.
Poco a poco sé fue llenando de nostalgia hasta las lágrimas recordando todo su pasado.
Se repuso y me enseño amorosamente los primeros pasos, le preste toda mi atención aprendiendo al pie de la
letra todo lo que enseño. AI ver mis progresos, mi tío que tocaba mandolina y mi hermano mayor Roberto me
consideraron para formar un trio.
Mi tío que era más enamoradizo, nos llevaba a dar serenatas a las chicas otras veces íbamos a los
cumpleaños, alas fiestas del pueblo, éramos pues, bien populares y solicitados.
LOS CUATRO BARRIOS DE PUQUIO
Puquio estaba formada por clases sociales muy diferenciadas. Diferencias en su vestir, en su comida, en su
música, hasta llegar a rivalizar en las costumbres del pueblo. Nosotros éramos neutrales por ser
huamanguinos.
Puquio tenia cuatro barrios: Chaupi, Qollana, Qayau y Pichqachari. Existía mucha rivalidad en el futbol, en
la presentación de las costumbres, en los carnavales en la danza de tijeras, que en el “atipanakuy” (contra
punto) era toda la noche y que muchas veces terminaba en una batalla campal, donde la policía no podía
intervenir. Se apaciguaba la tripulca, cuando en ambos bandos había muchos heridos. En aquellos tiempos las
peleas no eran a “chavetazo” o “botellazos”, y pegar o golpear en el suelo era considerado una cobardía.
FESTIVIDADES
Cuando tenia mis diez, doce años me gustaba practicar a solas las danzas que veía: Los Ilamichu, la ayla, el
machoq, caramusas, yarqa aspiy (limpieza de las acequias), esta última fiesta era la alegría de toda la
población. También la semana santa lo representaba con bastante originalidad, no será con esa pompa como en
Huamanga, pero en Puquio lo teatralizaban la “desclavación” y demás estaciones AI señor Jesucristo lo
bajaban de la cruz con mucha expectativa, cada golpe de martillo se hacia eco en la iglesia ante los
feligreses que miraban llorando la escena. Personajes bíblicos como los judíos, los doctores de la Iey y los
soldados romanos. Lo acomodaban en el ataúd de vidrio y lo llevaban en procesión entre canticos muy tristes
en quechua y castellano.
MI AFICIÓN INNATA PARA EL ARTE
Todas estas actividades (colectivas y personales) se iban grabando en mi memoria de niño.
Escrito estaba, como dice la biblia, que un destino era el arte. Mi inquietud me llevaba a realizar dibujos,
caricaturescos, con trazos de mi edad y pintar con el material que estaba a mi alcance, sin que nadie me
dijera “has de esta manera”, ni una pequeña orientación. Llegó a mi el gran deseo de plasmar lo que
observaba, lo que oía. Imitaba la música del carnaval, de las cornetas en tiempo de corrida de toros, la
musca religiosa en Semana Santa; y estas imitaciones lo hacia vocalizando “pura gente”, o a veces, buscaba
algunos elementos que se parecieran a un tambor o bombo, y lo encontraba en la cocina en desorden, agarraba
un palito y golpeaba cada olla, jarra, vasijas, cajas o tapaderas descubría sonidos que para mi eran mi
deleite. No tenía ningún instrumento que necesitaba hasta un simple lápiz. Felizmente, tenia a mis amigos
los maestros zapateros, que me regalaban el lápiz plomo con punta rectangular que ya no servía. Y el
charanguito blanco huamanguino que me regalo mi madrina y desde que Tayta Feliciano me dio las primeras
clases, nunca mas tuve oportunidad de aprender con mi maestro. Aprendía un poco más, viendo a otros mayores
que tocaban, pero eran muy pocos que tocaban este instrumento porque no estaba considerado como instrumento.
A pesar de ello, mi interés me llevo a aprender un poco más, notaba esto porque personas mayores me
solicitaban y brindaban licor, yo como era menor de edad me invitaban comida como lomo saltado o un bistec.
Los acompañaba tan solo rascando de acuerdo a la melodía y todo al oído.
EL CHARANGO
Lo canera para todos estaba encargada, era Matilde, una muchacha buenamoza, que cocinaba cantando y muy
amante de las fiestas, en especial de la “sequía” o los carnavales. Para esto, siempre estaba preparándose,
su vestido, sus botas “que las adoraba”. Los zapateros, prácticamente los tenía locos y mandaban piropos
subidos de tono, picarescos y a mí también me inspiraba, era mi musa para hacer mis caricaturas en las cajas
de cartón que estaban regaladas por el patio. Antes, había historietas, novelas y otras publicaciones en
blanco y negro y en gráficos que tenían gran demanda, especialmente las damas que se prestaban o alquilaban.
Y Matilde, seguía siendo mi fuente de inspiración, en algunos gráficos aparecíamos ella y yo amándonos,
otras eran tristes y alegres, estos dibujos los tenia escondidos como un tesoro.
También dibujaba, a los danzantes de tijera, sus movimientos, pruebas de valor como cuando se cosía la boca
o comiendo una rana. Para continuar con mis gráficos. Lamentablemente no tenía materiales, ni un lápiz menos
borrador. Por lo cual opte por cogerme los lápices de los zapateros que ya tenían muy gastados, o a veces,
pedía a mi abuelo con la mentira que era para los maestros. Pero estos lápices eran rectangulares, no era
como los que utilizábamos en el colegio, incomodo, pero así tenía que acostumbrarme. También aprovechaba las
pilas de las linternas quemadas que en su parte central tenia carbón, le sacaba punta, pero tanto en las
piedras y veredas ¡y Iisto! Ya tenía lápiz carboncillo.
De borrador me servía unas pelotas de jebe en desuso, hasta los clavitos sobrantes, de diferentes pulgadas,
me servían como cincel para tallar en las cosas planas o escribir en bajo relieve palabras célebres de
sabios, poetas y otras de mi ocurrencia. Las pencas de las tunas, las hojas de maguey, el tronco de los
árboles y algunos cerros que se prestaban ara hacer signos con piedras blancas.
De esta manera iba acumulando mas experiencias en este arte del dibujo o de la pintura, saque grandes
enseñanzas como ser disciplinado y consecuente, no esperar tener el material necesario. Mis primeros colores
eran las tizas de color, luego preparaba mis colores con anilinas que vendían los puneños, las tizas de
color que empleaban en el teñido de lanas para la confección de ponchos, chullos, chompas y chalinas. Para
que no se destiña agregaban al polvillo de colores, miel de abeja o un terrón de azúcar, clara de huevo. Con
este material hacia mis trabajos escolares y también coloreaba las figuras de revistas, periódicos que
venían en blanco y negro.
UNA EXPERIENCIA
Una experiencia, seguramente reprobable para la mayoría. Me ocurrió cuando estudiaba primer año de
secundaria. Se tenia que dar una cuota para ir de excursión al valle Santa Ana de Puquio, y como yo nunca
tenia una propina se me ocurrió hacer “lo que no debía hacer”, falsificar un par de billetes de aquella
época, el billete mas elevado era de cinco soles. Hacer este billete fue harto difícil, primero la falta de
los materiales, buscar el papel parecido a los billetes, el único que se le parecía era el papel sello
sexto, entonces comenzó la operación billete, lo calqué en papel cebolla transparente, buscar las plumillas
que me permitan
pintar, en ese tiempo todavía no se había fabricado los lapiceros de tinta seca, menos los
plumones.
Entonces, las tareas escolares se tenían que hacer primero en borrador luego pasar a limpio, escribiendo con
plumas de metal y su inseparable tinta. Sin embargo, no podía comprarlos, entonces recordé que en los libros
había personajes escribiendo con pluma de ave, ni vueltas que dar, comencé a sacar las plumas a los gallos y
gallinas, que teniamos y daba un corte sesgado estaban Iistos para realizar mi trabajo. Previamente lo
coloreaba el fondo y con las tintas aguadita le aplicaba la toma de colores. Me amanecí haciendo el
billete.
Una vez listo lo lleve a mi abuelo para me cambie al billete diciéndole que era para pagar a los operarios,
felizmente no se dio cuenta. Los billetes no me salieron bien, eran muy parecidos, pero no igualitos.
Unos de los billetes lo puse en el periódico mural, en el espacio dedicado al arte, pero a los pocos
instantes se lo habían robado; y con el otro me fui contento de excursión y los gasté con mis amigos y
amigas que me simpatizaban. Comenzó a crecer mi popularidad, como dibujante, como musico, incluso ya
solicitaban mis servicios, aunque al comienzo me pagaban unos cuantos soles. Dice el dicho “para que estadas
riéndote tanto”, cuando regrese de la excursión mi abuelo me esperaba reventando de ira y me recibió con un
zapatazo en la cara, ¡qué tal sorpresa! Me quede frio y mudo sin decir nada, pero mi conciencia me acusaba
de haberle engañado a mi abuelo, se descubre el engaño cuando el abuelo fue al banco o caja municipal a
realizar un pago, le rechazaron el billete por falso. Qué vergüenza, que bochorno, inmediatamente pensó en
mí. Él les dijo; "porque me veía dibujando y siempre se sorprendía viendo mis trabajos". El regaño del
abuelo era terrible, me dijo que era un delito, que hasta la cárcel me podrían llevar. Lleno de ira, por lo
que le llamaron la atención en la caja de depósitos, termino diciéndome “te vas ahorita mismo”.
Y me fui con mucha pena, deambulaba como un prófugo, me iba a distintos pueblos, sin saber donde comer ni
donde dormir, pero conocía amistades a quienes mi abuelo le daba fiados zapatos para toda la familia, sin
querer queriendo me convertí en el cobrador de mi abuelo. Después de andar tres días sin rumbo, el “hijo
prodigo” tenia que volver a la casa del abuelo. Llegué cabizbajo, pero el abuelo aún me seguía regañando por
haberme ausentado tres días, pero al enseñarle la plata de las cobranzas se tranquilizó, le dije que había
tomado unos soles, para mi comida, creo que no le gusto. La indignación mas grande se me vino es cuando me
pregunto si había almorzado, cuando le dije no saco de la canasta un par de panes resecos ya comido por
los ratones, con su chaveta raspo esa parte comida y me lo alcanzo, lo recibí obligado por el hambre. Me
preguntaba para mis adentros que como era posible que uno diera esos panes en vez de frescos teniendo dos
grandes zapaterías totalmente alborotadas, llegando hasta el suelo los zapatos nuevos no cabían ya en los
andamios. Tantísimos zapatos nuevos, sin embargo, no tenia en mis pies unos nuevos, unas bien me daban los
zapatos usados del abuelo numero 40. Por influencia de mi abuela, a veces me ponía uno nuevo casi a la
fuerza porque ya sabía de la reacción del abuelo que reventaba de rabia, insultándome de todo, pero como, yo
le tenia puesto ya no podía quitármelo. No me podía verme desocupado, ni parado sin hacer nada. ¿Qué haces?
¿Y hiciste la tarea del colegio?, sí abuelito. Entonces vete a recoger estaquillas, que a propósito lo
derramaba. Y, cuando llegaba la hora del almuerzo yo le avisaba, entonces me contestaba ¿Qué has hecho para
almorzar? Tenia que justificar para tener derecho a la comida. Todas estas acciones me iban fortaleciendo el
alma, tenia encallecida mi espíritu, soporté estrictamente el carácter duro de mi abuelo. Y así iba
creciendo tal vez con resentimiento, introvertido o no sé, pero esa dureza de la vida, como afrontaba, lo he
aprendido del abuelo. Ahora, Iejos de esas situaciones, se vienen otros problemas y adversidades, y puedo
decirles que los afronto serenamente, sin desesperación por obtener dinero como dicen “si he pasado peores
cosas, esto no es nada”.
UN EPISODIO DE MI VIDA
Otro episodio de mi vida ocurrió, cuando lo estuve en primaria. Nos llevaron a mi y a mi hermano mayor a
Moyobamba (distrito de Chipao) acompañado a una tía que había conseguido una plaza en un centro educativo
del pueblo. De Puquio partimos a lomo de bestia muy de madrugada y estábamos arribando junto con la noche,
el pueblo estaba ubicado a orillas del rio Moyobamba. Para cruzar al otro Iado del rio, había un puente
peatonal improvisado construido de tres hileras de troncos largos. La gente de Iugar lo pasaba fácilmente,
hasta corriendo. A nosotros se nos hacía difícil al comienzo, pero con el correr de los días nos
acostumbramos, especialmente para ir a las aguas termales “ccollpa”. Estas aguas termales era pozas con
diferente temperatura, incluso una de ellas se podía sancochar huevos. Nos contaba la gente que mas arribita
nomas, estaba el gran Apu Karwaraso, que años atrás había erupcionado por distintos lugares, botando agua
caliente y lava. Todavía se siente los movimientos sísmicos y la erupción de las aguas quemantes, que a su
paso mataba a los animales y todo signo de vegetación. Pero lo inolvidable era bañarse horas y horas en las
aguas termales bajo la Iuz de la luna y las estrellas. Después de este gozo, recibía los regaños de mi tía
la profesora, que era de carácter casi parecido al de mi abuelo, porque me daba los panes de casi veinte
días, más duros que un hueso; ocurre que estos panes se traían de Puquio por costales para todo el mes. Ah,
y se comía remojando en la leche, te o yerbas aromáticas.
En esta rutina de bañarse todos los días junto con mis amigos que éramos como 10 a 15 niños, ya éramos
expertos nadadores, y nos atrevíamos a cruzar a nado, aunque nos arrastraba, pero nos dábamos maña para
salir de la correntada. Y cuando queríamos enviar telegrama a Puquio tenia que ir a Chipao que ya tenía
telégrafo. Agarraba un caballo y había que cruzar el rio, iba en pelo (sin montura) bien agarrado de las
crines, solamente se veía el lomo y la cabeza alzada del caballo, con mi palito le golpeaba en el lomo para
que avance.
Toda esta rutina me estaba cansando, un pueblo sin luz y se alumbraba con mecheros, no había radio, ni
comunicaciones, hasta su iglesia tenia un aspecto muy triste, su plazuela de tierra, en sus calles caminando
o durmiendo los chanchos, pura soledad, silencio que me estaba afectando y me ponía nostálgico recordando
Puquio, donde tenia mis amigos y amigas que me pedían que les ayude con los dibujos, y me acompañaban
mirando como lo hacía.
Tanto extrañábamos a Puquio que un día decidimos escaparnos con mi hermano; y cuando nos encontrábamos, en
una cumbre notamos que los alumnos mayores de mi tía nos estaban siguiendo para agarrarnos y de volvernos a
mi tía. Estábamos en una posición estratégica favorable, por lo que empezábamos a lanzarles piedras y
espinas (warakas), que los obligó a dejarnos de perseguir. Proseguimos nuestra caminata aunándonos a otros
caminantes que nos acompañó hasta el pueblo que era Andamarca, sus calles rectas empedradas con piedras de
laja, rodeado de los admirables andenes incaicos. En este acogedor pueblito nos encontramos con unos señores
que se conocían con mi abuelo, mas conocido por su famosa tienda parecido como BATA que abastecía de calzado
a la mayoría de los pueblos.
La mayoría sacaba a crédito, nos reconoció y le decía que yo era su cobrador. Estas amistades o clientes de
mi abuelo nos ayudaron en incluso nos consiguió un caballo para seguir el viaje a Puquio. Bien equipados
seguimos camino a Puquio en Andamarca nos regalaron queso, cancha y charqui para el camino.
Ya atardeciendo, estábamos cruzando una inmensa pampa (Kilkata), soportando la nevada que comenzó a cubrir
de blanco los cerros y hasta el camino que íbamos se perdió en medio de la nevada, todo el panorama era
desolador, silencioso; por otro lado, comenzamos a desesperarnos, el frio, la noche, el caballo que temía
seguir adelante porque a veces pisaba en falso, o se hundía en charcos, el mal tiempo impedía que
avanzáramos. En eso escuchamos ladridos de perros, “nuestra alma volvió a su sitio”, alentados por esta
salvación seguimos la dirección de los ladridos, era una chocita con su corral de llamas, carneros y
burros.
En quechua nos comunicarnos y le contamos nuestras desventuras. AI ver que temblábamos de frio casi sin
poder hablar, nos hizo pasar, nos sirvió sopa de cabeza de carnero con chuño, luego nos busco un Iugar para
dormir, porque en la chocita no cabíamos.
Nos ubico en una cueva, trajeron de cobija unos pellejos de carneros, algunos aun frescos, nos acomodamos y
que quedamos dormidos como piedras, producto del cansancio y la desesperación.
Y llego el nuevo día, los dueños de la choza fueron muy serviciales con nosotros, nos sirvió una sopa para
el viaje indicándonos por donde debemos ir. Seguimos el viaje por varias horas, ¿otra vez? Escuchamos esta
vez cantar a lo lejos a un gallo, poco a poco nos acercábamos de donde provenían el canto y no encontramos
nada, solo más chozas sin techos y abandonadas, tampoco vimos gallo alguno. Nos asustamos y apurarnos
nuestra caminata, hasta que dimos alcance a una familia que también se dirigía a Puquio, les saludamos y le
contamos nuestras peripecias.
Le dijimos que veníamos de Moyobamba fugándose de mi tía y que éramos los nietos de Guillermo Soto, dueño de
zapatería. A lo que nos contesto diciendo que si lo conocían y que tenían mucha plata. A si es, tiene mucha
plata, pero a nosotros nos tiene de sirvientes solo para los mandatos y quehaceres de la casa y tienda.
La tacañería de mi abuelo superaba la realidad, nos mandaba a buscar leña para no gastar en kerosene íbamos
lejos hasta la orilla de los ríos, que en la temporada de lluvias arrastraba troncos y todo lo que
encontraba a su paso, animales y personas. Retornaban de las fiestas borrachitos y trataban de cruzar los
puentecitos hechos de troncos, pero al perder equilibrio caían a las aguas turbulentas.
Bueno, conversando de todas estas cosas íbamos avanzando, la familia con quien nos acompañábamos nos
señalaba que Iugar era el sitio que estábamos pasando, nos decía “este es ñuñulla” (un cerro en forma de
seno o teta) aquí vienen los “qarqachas”, que son unos demonios sin cabeza que están penando por haber
convivido con su propia hermana, o con su madre. Salen a la medianoche, gritando gar, gar, gar Entonces hay
que aparcarnos, no vaya ser que nos encontremos con la qarqacha. Por la tardecita, ahora si contentos,
estábamos llegando a Tuquio, súbitamente desapareció el cansancio, la sed y el hambre. No llegamos a la casa
del abuelo, nos fuimos a la casa de la comadre de mi abuelita, que era Huamanguina como ella, para interceda
ante mi abuelo, que, enterado ya, nos amenazaba darnos una buena cuera por haber abandonado a mi tía solita
en Moyobamba. Mi abuelita nos defendía del terrible regaño, pero se llego a tranquilizar. Poco a poco, con
el correr de los días nos integramos a la familia, mi abuelo no extrañaba la ausencia de sus nietos, aun no
sentía que éramos hijos de sus primogénitos. A mi padre no lo llegue a conocer, solo en fotografía, ese
tiempo yo tenia 7 años y no recuerdo nada, hasta que nos decía que no pero si podía decir que no me sentía,
éramos hijos de mi papa Antonio y no éramos parte de la familia, sentía que no éramos queridos, por el trato
que recibíamos era de sirvientes decía que nos fuéramos de la casa.
En cambio, el trato que le daba a mi tío, o sea el hijo de mi abuelo, era otra le decían “niño” y hasta le
peinaban para que vaya al colegio. Mi hermano mayor que ya se daba cuenta de todo, no aguantaba este trato,
y se iba de la casa con sus amigos amantes del deporte, era buen jugador de futbol. Esta conducta hizo que
abandonara sus estudios, para beneplácito de mi abuelo, que sostenía o nos decía que solo era necesario
saber leer y escribir, ¿para qué más estudios? a trabajar se ha dicho que para eso tenemos dos zapaterías
grandes donde se necesita controladores de los maestros zapateros, ayudantes, a quienes los tenia como a
esclavos, dándoles el pago mínimo, viviendo en condiciones infrahumanas, harapientos, mas con su vicio del
trago, cigarro, coca con su tokra. Cuando llegaba el nuevo día, se tomaban el infaltable mañanero que era un
copón de cañazo con chuchuwasi, wamanripa y cascarilla, que según decían les quitaba el hambre el cansancio
y los animaba a soportar el trabajo. A veces los maestros zapateros se iban a tomar entonces me iba
corriendo a la cantina donde solían estar acostumbrados a que le bien era doña Conce, una solterona que
hasta les fiaban y pagaban el fin de semana, me los traía a empujones, aunque uno de ellos el más vicioso me
decía “la ultimita y me voy”.
Casi todos los días sucedía esta borrachera y tenia que traerlos como sea,
sino yo pagaba los platos rotos. De igual manera sucedía con la cocinera que era muy fiestera, estaba
siempre arreglándose para salir a la calle donde se encontraba con sus amiguitas y demoraba en volver una
eternidad. En las fiestas patronales ni que decir, nuestra cocinera desaparecía, a pesar de que el mismo
abuelo le echaba candado y aldabas, ella hecha una tigresa trepaba la pared, y regresaba por el mismo sitio.
Viendo todo esto,yo también hacia igual, ya tenia mis 11 o 12 años y ya tocaba bien el charango acompañando
al grupo donde también estaba mi tío que le llamaban “niño Genarito”. La verdad un niño bien, que gozaba de
todas las bollerías, estaba bien considerado, bien vestido; para mi buena suerte sus ropas que ya no lo
usaba, me los pasaba para ponerme, aunque me quedaba muy grande, pero para mi no era problema, y a su
vestido quería impresionar a alguna amiguita que tenía. Me sentía contento, algunas veces, a mi hermano le
pasaba algunas prendas que me quedaba muy grandes. Mientras, Matilde la cocinera, tenia que vigilar la para
que no se vaya, cuando veía que se arreglaba como para irse de la casa, tenía que redoblar la vigilancia, mi
responsabilidad era muy grande, el abuelo me amenazaba que, si se escapaba la Matilde, yo tenia que cocinar,
aunque sea una sopa de harina. En la casa se comía toda la familia, mas los obreros y empleados, no en una
mesa juntos, sino cada uno buscaba un lugar en el patio, el mismo abuelo agarraba una silla, y de mesa un
cajón de frutas, y si acaso no le gustaba que se demoren, que estén parados sin hacer nada, deben estar en
movimiento haciendo algo para justificar que tenían derecho a almorzar. Toda esta situación no aguantaba mi
hermano y “se Cargaba” a donde sea. Por eso, cuando apenas terminamos juntos la primaria, él se fue
escapándose con el destino “no sé dónde”. Mi pobre madre sufría lo indeseable, a ella también siempre lo
botaba, pero tenia que soportar por sus hijos. Por mi cabeza rondaba la idea de que algún día tenia que
cambiar todo esto. Recuerdo a mi madre como si fuera ayer, trayéndome a ocultas un pan, tenía un negocio,
compraba cueros de chivo o de carnero, para luego venderlos por kilo a las curtiembres de badana para la
confección de zapatos.
Poco tiempo después, mi madre tuvo su segundo compromiso; con su nueva pareja solían tomar sus tragos que
terminaban en pleitos, Donde quedaba mi hermano que le entró al trago con sus amigotes, cuando iba a
buscarlo lo encontraba tirado en el suelo, completamente borracho. Pudiendo o no pudiendo cargaba su pesado
cuerpo y llevarlo a descansar. Y, para colmo de males, mi abuelo también le entraba al trago, con la
diferencia que él tomaba todo un mes, menudo trabajo para mi que tenia que llevarlo como sea. Solo así,
cuando estaba borracho me quería mucho, me hacia sentar a su lado como su confidente para contarme su vida,
pero era tan cansado sus cuentos que me quedaba dormido otras veces no le hacia ni caso, solo algunos
trabajadores se acercaban y le prestaban oídos, pero un ratito, porque tenían que seguir trabajando para su
supervivencia y mejorar en algo sus miserables vidas. Estas escenas quedaron marcadas en mi memoria como un
cemento fresco. Me decía “que si yo tomara un trago tenia que ganar bien y comprar con mi plata ganada
cuando tenga mayoría de edad”. Todas estas experiencias vistas y oídas marcaban fuerte en mi alma, algún día
tiene que cambiar. De nadie recibía un consejo que me orientara, solo una señora al contemplar mis dibujos
dijo “eres el escogido de Dios, porque sus manos hacían cosas maravillosas”. Lo dicho por la señora me daba
valor y fuerza para seguir avanzando en mis propósitos, pasar las vallas de la vida con mucha confianza. Tal
es así que cuando termine primaria, le suplicaba y hasta le llevaba a mi abuela, quien más me quería, para
que me matricule en el colegio (1º de secundaria). Como ha cambiado la vida, ahora los padres lloran para
que los hijos vayan al colegio.
Ya un poco mayorcito, cuando ya sabia acompañar con el charango, no faltaban los compromisos. Los grupos
musicales me llamaban para integrarme a ellos y me inquietaban a salir de noche. Yo iba con mi diminuto
charanguito huamanguino. Ya está cerca de las doce, nos reuníamos en alguna cantina para ensayar y mejorar
la voz y para eso pedían cañazo de los buenos preparados con wamanripa, chuchuwasi. Me inquietaba tomar,
como dicen, me aguantaba, por lo que pedían mi buen lomo saltado. En otras ocasiones era así, para ellos
trago y para mi comida. Mis abuelos no querían verme con el charango, solían decir “que el musico es
borracho y mujeriego”, pero lo que es a mi encantaba el charango por pequeño, gracioso, bullanguero, fácil
de llevar a cualquier sitio, hasta cabía en el bolsillo de un saco. No había pues eso de “espérenme un
momento voy atraer mi instrumento”, Para las noche jaraneras mi poncho, mi chalina y un gorrito que cubría
toda la cara contra el frio y también para que no me reconozcan. Pero esta época agridulce quedó atrás,
llegó el momento de mancharme de la casa, cansado por todo lo que les he contado o por buscar mi mejor
futuro. Ya no era de aguantar, barriendo la tienda de madrugada, cortar las suelas en plena vía publica,
hasta mis amigos se burlaban, tenía vergüenza de que alguna amiguita que yo pretendía me viera.
Todo estos momentos quedo atrás, en una noche muy oscura me marche, en un camión como ayudante con dirección
a Nasca. Estábamos arribando a Nazca, me perdí del chofer, porque él pensaba que íbamos ir hasta Lima.
Caminé hacia la plaza, y me encontré con mis fasanos haciendo cola para conseguir algún trabajo eventual o
para la cosecha de algodón en alguna hacienda lejana, al Sur de Nazca llegando llamado cónyuge, lugar donde
vivían solamente gente morena. Tuvimos la suerte que nos contraten junto a mucha gente enganchada (ya eran
conocidos).
Y para cualquier cosa de necesidad se podía pedir en el almacén o mercantil que era del propietario que a la
hora del pago nos descontaba los pedidos. Lo que vendían en este almacén eran muy caros, por ejemplo, un
pantalón fijado se pagaba como en medio año, el pantalón ya estaba con huecos y todavía no se terminaba de
pagar.
La comida o víveres era al contado, generalmente el menú diario era a base de menestras, mas algunas frutas
que abundaba en el valle como la sandía. Aquí también vi la miseria humana descarnadamente, familias
integras trabajando prácticamente en condiciones de esclavitud.
A diario venia el patrón montado en su caballo seguido de dos morenos montados en brillosos caballos con sus
sombreros de paja y con el látigo en la mano haciendo sonar como cohetes. AI escuchar el sonar de estos
látigos, los trabajadores miraban de costado temblorosos. Solamente me quedaba mirar del trato inhumano que
daban a los trabajadores, me crispaba las manos de no poder hacer nada por ellos, pero la “chicha estaba
fermentada”. A toda esta penuria se sumaba el caluroso clima, creo que regábamos el campo con el sudor de
nuestra frente, la mala alimentación, el agua escaseaba y sacábamos del pozo. En una de esas noches de
encuentro convencí a las familias para poder fugarnos, dicho y hecho, una noche, todavía a oscuras, cruzando
las puertas encadenadas con un vigilante alcohólico a quien convencimos, por unas propinas, que, pues de una
larga caminata por el arenal desértico escuchamos el relinchar de los caballos, nos estaban buscando y no
encontraban nuestras huellas porque el arenal con el viento borraba el suelo era pura arena. Cada vez
estaban más cerca de nosotros y era de noche propenso capturarnos y llevarnos, tal vez, a latigazos. No
había otra manera de salvarnos, nos enterramos en la arena. Pasaron muy cerquita de nosotros sin
encontramos, seguimos caminando y ¡por fin! Estábamos llegando a Nazca y nos alojamos en la casa de unos
paisanos, lamentablemente le llevamos problema, pues, habíamos adquirido la enfermedad de la terciana o
paludismo (era una enfermedad tropical en que, a la persona con este mal, le daba una tembladera hasta
retorcerse en el suelo).
La mamá de mis amigos preparo unos remedios caseros y poco a poco superamos este mal. Pero al hijo mayor de
esta familia le dio esta enfermedad y lo dejo postrado en cama quedo casi ciego. Años más tarde me encontré
con este amiguito y vi que estaba ciego y cojo, le habían puesto la chapa de “temblurcha” porque en
cualquier momento o en plena calle le daba estos ataques temblorosos. Llegué a ubicarlo preguntando a sus
familiares que ya no me reconocían, recordé que pasamos momentos muy tristes en los primeros días que nos
acogió. La mama de mis amigos, preparaba papa rellana para vender en el puente Nazca, para ayudar a la
señora agarré un azafate y me fui a vender al puente: “papa rellena bien rico con su ajicito, vengan,
vengan” llamaba a la gente. A veces me comía un par de papas rellenas y la señora no aceptaba ninguna excusa
y de puro hambre comenzó a desconfiar de mí, me vi entonces obligado a buscar otro trabajito, pero por mi
edad menor no me tomaban en cuenta. Mientas tanto, mi abuelo había contratado a unos choferes puquianos para
capturarme y me devuelvan a la casa. Los choferes me encontraron rápido y me convencieron, previo suculento
menú, en ese momento con hambre, acepte para que me lleven de regreso a Puquio. Me Ilevaron donde el abuelo
y se fueron. El abuelo me miraba nomas, no me regaño, “ve a lavarte la cara y a comer y después te vas a la
tienda para que ayudes”. Parece que mi abuelo cambio de estrategia respecto a mí, se daba cuenta
perfectamente que yo era indispensable tanto en el taller como en la tienda.
Comencé a asistir al colegio, pero me faltaba mas cuadernos para hacer las tareas, entonces me ingenié hacer
unos dibujos. Me conseguí una libreta donde dibujaba mujeres desnudas, era la misma figura, pero una pequeña
diferencia que cuando a las hojas lo pasaba rápido parecían que tenían movimiento. Lo hacia ver a mis amigos
mañosones, que en pago me daban 2 paginas de su cuaderno, extraídos de la parte central, seguían trayéndome
mas hojas del cuaderno locos por mirar las figuritas. Claro, algunos eran muy viciosos y me seguían trayendo
hojas de cuaderno. De esta manera supe agenciarme para mis gastos, sin padre y mi humilde madre sufría por
no tener como ayudarme. Yo también sufría por no darle a mi madre la ayuda que necesitaba, buscaba la manera
de cómo ganar más dinero, el único camino era el arte que estaba a mi alcance. Estábamos en el mes de
agosto, tiempo de los vientos, y con mucha creatividad comencé a confeccionar cometas que tuvieron muy buena
acogida, en la fiesta de todos los santos, retocaba lapidas, cruces de los finados que también me dejaba
alguna ganancia; llegaba el circo ahí estaba yo haciendo propaganda en papel cometa, parchando la carpa y
obteniendo buenas propinas y entrada libre toda la temporada. Hacia trompos muy Ilamativos, otros especiales
con punta como el de una barreta que partía y chancaba los trompos de los contrincantes. Pero la
ganancia mayor era cuando llegaba las fiestas patrias, todos teníamos que confeccionar nuestras antorchas,
para el desfile nocturna. La verdad que me faltaba mano, había pedidos muy caprichosos, y por supuesto, que
yo lo hacia al gusto y caprichosos, y por supuesto, después del desfile de antorchas, no se libraba nadie
una lucha, antorchas contra antorcha, no quedaban señales de que fue una hermosa antorcha.
Durante el año escolar tenía mucho trabajo ya haciendo dibujos par bordados para las alumnas o señoras. En
aquellos tiempos no había laminas a color ni fotografías, todo era a pulso, así se dibujaba el cuerpo
humano, la calavera, el mapa político del Perú, con sus departamentos, provincias cada uno con su producción
agropecuaria. Algunas veces, a pedido del profesor, dibujaba en la pizarra lo que necesitaba para que
explique. Los alumnos que no lo dibujaban bien me pedían que se lo haga incluso la secretaria del colegio me
pedía que dibuje en el stencil para sacarlo a mimeógrafo. Las propagandas deportivas, las banderolas, lo
hacia con brocha, así mismo las tantas wawas (biscochos) se tenían que cortar el papel cometa con mucho
arte.
Finalmente, algunos padres de familia, desesperados para salvar el año escolar de su hijo, me pedían que le
ayude con los dibujos. Gracias a mi constancia y dedicación fui adquiriendo mucha habilidad, responsabilidad
que con el correr del tiempo se convirtió en mi profesión y sustento de vida. Recordaba lo que me decía el
abuelo “que sin no trabajaba para él debía abandonar la casa”. Estaba por culminar mi primer año de
secundaria, en este año tuve amigos muy queridos como Guillermo Gutiérrez, Oscar Morales y el flaco
Villagómez, con quienes compartí felices momentos de mi juventud Ileno de anécdotas, como las serenatas, que
en ese tiempo eran muy tradicionales. Mi popularidad sabia como las espuma como musico (charanguista) y por
los dibujos. Ponía en practica ms recursos artísticos, veía un rotulo comercia todo despintado y mal hecho,
lo retocaba y mejoraba. Para la música me solicitaban, no solo para los cumpleaños, sino, los enamorados
para su amante. AI día siguiente, después de la serenata, venían los halagos “que bonito tocas tu charango”,
“te pasaste tocando tu charango”. Éramos muy pocos los que tocábamos este instrumento, compañerito de mi
vida. Amo tanto el charango como también la pintura los dos son todo para mí, no hay día que deje de
ocuparme en tocar mi charango o estar pintando.
Yo anhelaba continuar mis estudios no había donde ir, hasta que por fin me enteré sobre la creación de la
Escuela de Bellas Artes de Lima. Tuve la suerte de ingresar, y por ser el primer año de su creación el
ingreso era libre. Un tiempo después se creó la Escuela Regional de Bellas Artes en Ayacucho, mi tierra
natal, a la que traslade llevando mis certificados. Mi traslado obedeció a que en Lima era muy difícil
mantenerme, estudiar y trabajar, era muy duro estudiar en estas condiciones.
Aliste mi viaje a Ayacucho, tome el tren a Huancayo y de allí por carretera llegaba a mi destino. Iba muy
contento, con mucha esperanza, pero no pensé que mi abuelo se había enterado de mi viaje y me dio alcance
cuando el tren estaba por partir, escuché los gritos de mi abuelo que me gritaba por la ventana con una caja
de zapatos en la mano que logró entregarme, yo pensé que era un par de zapatos nuevos y decía, que al fin mi
abuelo me reconocía como nieto y está contento con mis propósitos de seguir estudiando. El paquete lo guarde
en mi costalillo por esos tiempos no había mochila. Tan lan, tan lan ... hacia sonar el tren sus campanas,
estábamos llegando a Huancayo. Me baje y de inmediato aborde un carro para Ayacucho. No cabía en mi pellejo
de la felicidad que me embarcaba por estar en la tierra donde nací.
Pregunte por la casa de mi abuelo, no recordaba nada porque salí muy niño, a los 7 años, solo recordaba que
la casa tenia 2 patios, corredores y escalera de piedra, portón de madera, Ya instalado en la casa, después
de asearme, bien limpiecito desempaque la caja de zapatos, cual sería mi sorpresa grande y cruel de
encontrar el zapato viejo numero 40 del abuelo, mi desconsuelo y rabia no tenía límites. Fui a la Escuela
Regional de Bellas Artes “Huamán Poma de Ayala” donde me matriculé y proseguí mis estudios. AI poco tiempo
la Escuela convoco a un concurso para una beca, tuve la suerte de ganar, concursando incluso con alumnos de
un año superior, o sea, mis triunfos me lo gane a pulso limpio. Esta beca ganada me cayo como una bendición
divina, me sentía solo, ya que la familia se encontraba en Puquio, mi trajín entre la casa y la Escuela eran
de todos los días, pero le caí en mucha simpatía a don Saturnino Almonacid, gran musico y folklorista
ayacuchano, quien fue el secretario fundador de la Escuela de Bellas Artes de Ayacucho, cuyo local estaba en
la plaza Mayor o Plaza de Armas (una hermosa casona) donde tuve la suerte de conocer a don “Satuco” que así
lo llamaban cariñosamente, era una persona muy especial de trato paternal que me hacia sentir como parte de
la familia, siempre me decía Nestitor, “papay”, “niñucha” con esa dulzura que mi padre amoroso trata a su
hijo. Yo que tanto adolecía de ese trato admiraba a don Satuco, y aún más cuando él se ponía ensayar con los
músicos y cantantes de su institución. Organizaba eventos folclóricos con artistas que venían de Lima
(sopranos), y llevaba el espectáculo a provincias, para este fin yo era su colaborador ya sea pegando
afiches en las esquinas, repartiendo volantes, y perifoneando en carro de boletero, vigilando los
instrumentos y vestuarios, estaba atento para lo que ordenen. Hoy me siento orgulloso de haber colaborado
con don Satuco, conozco a sus hijos que son mis grandes amigos, tan dignos quienes comparto mi alegría, tal
vez añorando aquellos tiempos de cual quedo eternamente agradecido.
Por asegurarme el pan nuestro de cada día, buscaba trabajo de propaganda o aviso en grandes panaderías,
hacerles el trabajo a los escolares y algunos estudiantes de la escuela superior. Había estudiantes que no
tenían con que pagarme, me pagaban con libros, diccionarios, relojes y bicicletas. Arrende unas habitaciones
en la casona para ayudarme a pagar mis gastos y arrende a una Sra. Cantora de iglesias y le ayudaba a cantar
y tocar el triangulo en las misas, ella se dedicaba a cantar en las iglesias, en las verbenas y al final me
daba mi propina. Era una señora muy hacendosa, se dedicaba también a la costura (centros, faldas, polleras)
logrando una gran clientela, en los tiempos de fiesta aumentaba la demanda, por lo que también incursione en
la confección textil. La señora me enseño a cocer en la maquina en forma recta para poner las cintas a color
a borde de las faldas, me pagaba al destajo y por estar yendo con frecuencia a las misas me volví devoto de
la Virgen de Carmen, hasta servía de acólito, gustosos acompañe al señor cura que lo apodaban “murugallo”
(les decían así por tener las manos y la cara llena de manchas blancas) y en una de esas misas que celebraba
en la iglesia de San Cristóbal en el ambiente casi oscuro prendimos las velas y el señor cura me llamo para
leer la biblia, le alcance el sirio y después de leer la biblia me retorno el sirio encendido, yo que estaba
todavía con sueño no agarre con precisión y lo solté.
El cura encolerizado me grito y me dijo “agarra pues
carajo”. Era una voz ronca que nada me agrado. Le conté de este incidente a la señora cantora que me llevó.
No le hagas caso, es un cura pervertido que tiene como 40 hijos con diferentes mujeres. AI enterarme se me
fue toda mi devoción, me empecé alejarme de la iglesia. Me compre un libro de cartomancia, igual que mi
abuela leía las cartas para adivinar la suerte, como le iba en los negocios, como le iba en la salud. Lo
decía en voz alta, para que se sientan entonados, a veces mis predicciones salían bien y a veces mal. Pero
iba ganando experiencia y habilidad ¿Y los amigos? Ellos se encargaban de la propaganda que clarito leía
sobre el futuro de las personas a través de las cartas, o de la coca o los huesos del carnero (parte
rodilla) en la mesa caían como dados por la forma de como habían caído resaquiaban las cosas. En una
oportunidad mi abuelo me mando a traer el caballo para mi tío “el niño Genarito” tenía que ir a trabajar al
puesto policial donde estaba destacado. Cuando Ilegué al Iugar no estaba el caballo, cansado de buscarlo le
pedí al campesino a rastrear, saco de su pisca (bolso) un puñal de hojas de coca y lo derramo sobre una
manta, lo miro remiro y me dijo “yendo por ese Iado lo encontraras”. Dicho hecho después de caminar largo
trecho lo encontré amarrado en el camal junto a una casa. Pregunte por que lo tenían amarrado, entonces el
dueño de la casa me dijo “jovencito, tu caballo se ha metido a mi trigal y se ha comido no se que cantidad
por eso está preso y el dueño tiene que pagar”. Le dije que era de mi abuelo don Guillermo, entonces Ileva
nomas el caballo ya iré a cobrarle nuevamente.
En la Escuela de Bellas Artes acogían algunos turistas y artistas en aquellos tiempos escaseaban los
hoteles, en estas circunstancias conocí a un acuarelista francés pintor de mucha calidad con harto interés
de pintar en vivo y lo llevaba a los lugares mas pintoresco de Ayacucho, tocaba mi charango que le causaba
mucha curiosidad. De este maestro francés aprendí a la técnica de la acuarela. En la escuela de bellas artes
no enseñaban acuarela no le tomaban importancia, pero a mí me importaba, gracias a este maestro aprendí la
técnica de la acuarela, con esta base empecé a pintar tamaño postal que me salía muy bien especialmente en
la venta que me pedían por docenas. Mis acuarelas tenían sus características originales muy realistas, los
personajes y paisajes eran ayacuchanos. Mis acuarelas registraban la vida e historia del pueblo. Dice el
dicho “no toda pampa es orégano” los materiales para la acuarela es muy caro y me ingenie y opte por usar
las anilinas, especialmente cuando hacia los dibujos animados para escolares, por todas estas cosas admiraba
al pintor francés que no solamente era pintor sino conocer la técnica. Recuerdo cuando quede estupefacto al
agarrar una cartulina y empezó a desglosar una calle típica de san juna bautista ver como conformaba su
equipo de trabajo y no usaba caballete sino un tablero los tres pinceles, una paleta y agua simplemente
admirable. Después, aprendí la elaboración y organización mi equipo de trabajo. Posteriormente aprendí la
técnica de óleo, al comienzo para poder vender, pintaba sobre cartones, triplay o alguna superficie viejos
discos viejos de carbón, mates los tenía que hacer con mucha rapidez ya que la pintura de tarro no espera es
exigente, ante las necesidades preparaba su propio óleo, en aquel entonces desconocía estos matices tenia
que encargar hasta Lima. Como Huancayo había solo dos almacenes que vendían materiales para pintores en todo
Lima, pero los vendían muy caros.
Los carboncillos empecé a prepara con ramas verdes de sauces, los quemaba
hasta que se convierten en carbón, salían los carboncillos tan suaves para dibujar, una vez terminada tenía
que fijarse con laca o a punta de soplador para tener intacto el trabajo, se apertura el turno noche de la
secundaria, tuve entonces tiempo para continuar paralelamente mis estudios de pintura y terminar la
secundaria. Estaba tras una beca, sin embargo, me integre a la banda de músicos en el colegio San Ramón en
aquel entonces tocaba clarinete para no pagar nada la pensión del colegio aprender más en las artes
plásticas, me matricule en las tres especialidades todo era practico con cargo de validad en la capital.
Escogí escultura gravado en linóleo o madera y cerámica. No me imaginaba que estas especialidades eran muy
pesados y costosos requerían de un taller especial de escultura. Dije esto no es para mí” y regresé a la
pintura y la acuarela. Me traslade a Lima para seguir mi preparación en la Escuela Bellas Artes y terminar
la secundaria en ambos había culminado el tercer año. En Lima, se me hizo más fácil mis estudios yo dominaba
la parte práctica, me faltaba la parte teórica. Por fin estaba terminando mis ansiosos estudios, tanto en
bellas artes como en mi secundaria obteniendo mi título de profesor de Artes Plásticas, yo opte por sostener
el examen de grado (otros presentaban tesis). Para decirles lo difícil es estudiar para los de provincias e
hijos del pueblo que no contaban con apoyo económico, ingresamos trecientos y terminamos veinte alumnos. La
deserción más que nada, era por apoyo económico. Imagínese la duración de estudio, al comienzo era 8 años; y
se enteró mi abuelo y dijo, mejor que estudie para cura. Luego, en esta etapa de mi vida, estaba haciendo
medallones con el rostro de cristo, vaciado en yeso y luego retocados en bronce o plateados, en aquellos
tiempos tenia de mando mis pinturas en pequeños formatos de las calles típicas de Lima.
En estas
circunstancias me encontré con mi compañero de estudio y le pregunte que estaba haciendo y me dijo que la
estaban pasando muy mal y solo vendía sibarita o condimento a la entrada de un mercado cercano. Le propuse
la idea de que venda mis obras en la puerta del hotel Crillon en la Plaza San Martin, que los turistas son
habidos por las obras de arte. La verdad que tuvimos éxito por lo que fui obligado amanecerseme pintando.
Remontaba este momento exitoso por lo que me fui obligado amanecer pintando. Y luego yendo a las barras de
las grandes chifas y restaurantes, donde dibujaba caricaturas, al paso, a las personas agasajadas, o con mi
tablero cartulina y lápiz les hacia una caricaturas que les gustaba mucho, siempre algo espontáneo les
causaba carcajeadas que luego y rápido con simples lineas buscaba el parecido, el parecido de la persona,
luego busca pintar hacia con lo que tenía en la mano lo que tenía en la mano no contaba y no tenía caballete
especial, lienzos preparados para pintar, a veces mis lienzos eran de tela de costalillo, sabanas viejas y
cartones preparados. De estas situaciones que se presentan en los artistas he sacado mi conclusión que
cuando uno quiere pintar se pinta como sea, donde sea y con el material que tengas a la mano. Así también vi
a un compañero de estudio, que no podía super vivir como pintor, me decía la pintura no es para mí”, me
conto también que estaba trabajando para un señor Johamovich, de origen yugoslavo, que requería de buenos
pintores y no se atrevía, yo me decidí. Llevé mis documentos en la mano me presente a don Antonio, que así
lo llamaban, y le presente mis papeles a lo que me dijo “guarde sus papeles; aquí el que puede puede, el que
es bueno es bueno”. Le seguí a su taller y encontré como 6 pintores pintando cuadros al óleo de 70 a 50 cada
uno, tenía su especialidad, más pintaban motivos marinos, otras flores y paisajes europeos, pintando a
diario tres o cuatro cuadros por un salario determinado y el pago semanal según la entrega de los
lienzos.
Llegaba la hora de la verdad, don Antonio me habilito un lienzo grande y una lamina de un paisaje de
Yugoeslavia, para pintar y unos tubos de óleo, pinceles y todo cuanto requería para pintar. “Aquí tienes
todo para pintar me puse un tanto nervioso, pero poco a poco fui tomando confianza. Llego la hora del
descanso y de ir almorzar, los pintores me saludaron y acogieron con gran cordialidad aconsejar donde y como
debo hacer mis cosas. Demoré una semana, entonces con mucho temor y humildad le dije a don Antonio que ya
había terminado. Y agarrando el caballete junto con el lienzo terminado, giró el caballete hacia donde
estaban mis compañeros pintores y dijo: “Oigan ustedes” ¡Así se pinta carajo! Y eso me impresiono.
Las palabras de don Antonio me llegó como un tremendo aliciente me sentía aprobado, mi infundió mucha
seguridad. Se acercó, poniéndome la mano sobre mi hombro me dijo “no te metalices nomas”.
Para mi comenzaba una nueva etapa, pintaba con mucho entusiasmo, los confieso que, en este talle de don
Antonio aprendí mucho mas que en la Escuela de Bellas Artes donde los profesores muy pocas veces se atrevían
al alumno a orientarlo tan solo para indicar simplemente que baje tal o cual tonalidad, más me parecía
algunos profesores entraban solo política.
Como dije gane mucha experiencia y seguridad hasta logre guiarlos a mis compañeros, pintaba cuatro cuadros
diarios. Con don Antonio aprendí que para vivir de la pintura hay que ser bueno y rápido. Hoy puedo decir
que puedo pintar cualquier paisaje del mundo; con la tecnología que tenemos don Antonio; que tenia muchas
relaciones, vendía a Bolivia, Ecuador, a Europa ni que hablar en el mercado interno de Lima que vendía a
crédito, con cobradores a moto recorría la ciudad. En este trajinar, conocí a un vendedor con mucha
clientela que adquirían mis cuadros, me planteo que trabajemos en forma independiente, poniéndonos de
acuerdo para entregar 20 óleos de 70 x 45 al mes. En esta modalidad trabajamos durante 3 años y luego, la
paisanada me animó para ser profesor a Puquio, donde Ilegue; como profesor de Artes; al colegio nacional
Manuel Prado. Volver a Puquio significaba muchos sentimientos encontrados, mi abuelo, mi familia y mucha
gente que me quería y me hacían recordar mi niñez, mi juventud y tantas vicisitudes que pase. Ya no podía
retroceder, aunque sea entre copa y copa me había comprometido y había que cumplirlo. Mi abuelo se sintió
orgulloso de mí, pero su carácter seguía siendo igual “genio y figura hasta la sepultura”, pero poco a poco
se iba dando cuenta que yo era profesional que merecía respeto y mejor trato y ya Ilegue a la casa de mi
abuelo pero como respeto y agradecimiento los visitaba a saludarlos y otra, oh sorpresa que da la vida, mi
vendedor estrella apareció en Puquio para proponerme seguir trabajando como antes, y no le acepte a pasar
que me ofreció al doble lo que ganaba como profe y no le acepte, tenía en mente otras perspectivas como
realizar exposiciones individuales y colectivas y el precio de mi sobras iban subiendo, y Ilegue ser uno de
los fundadores del Grupo Pintura del Parque Miraflores, donde conocí a muchos amigos pintores de diferentes
técnicas tendencias, muchos eran autodidactas, otros, académicos y unos terceros eran coleccionistas,
vendedores de arte que recorrían los países comprando cuadros o lienzos de diferentes pintores para
exponerlos en las galerías del viejo continente.
Había otros compradores continuos, eran los Hari Krhisna
(una secta religiosa hindú) que estaba interesados en nuestras pinturas para venderlos en Ecuador y
Colombia. Tuvieron problemas en las aduanas, por esta razón eran a Guayaquil decidieron llevarnos a Ecuador.
Fuimos unos cuantos que ellos seleccionaron, alguno que otro que se colaron, pero no fueron aceptado. Ya en
Ecuador, Guayaquil, pintábamos 2 o 4 cuadros diarios y el pago era semanal. Trabajábamos unos meses hasta
que se cumplió el plazo de la visa y la teníamos que renovar por unos meses más. Durante este tiempo
producimos hasta agotar los pedidos, pero ellos los Hari Krhisna ya no tenían con que pagarnos de acuerdo a
lo convenido nos ofreció entonces un bus en parte de pago. Nos entusiasmo esta propuesta, pero al llevar a
la revisión técnica, el mecánico nos dijo que el motor estaba rajado. Teníamos que ponernos fuertes con los
Hari Krhisna y logramos que nos pague. Este grupo que se hacia pasar de religiosos, eran un grupo, de gente
sinvergüenza, pero no podíamos reclamar nada porque nuestro trato era verbal, en el colmo de la
sinvergüencería nos decía “dejemos todo el paquete de sus obras y que mas tarde les cancelaría en efectivo.
Estos facinerosos tenían la facilidad de viajar a cualquier parte del mundo como misioneros y donde llegaban
había un templo que los acogía por meses y años de paso indocumentados. Para estos pintábamos, replicas de
las pinturas de la Escuela Cusqueña, repujados con pan de oro, acuarelas y óleos con temas universales,
portones, ventanas, paisajes típicos de la costa, sierra y selva. Todas las obras llevaban al norte,
llegamos a saber que la sede central era Bogotá y de aquí distribuían a Europa y la India. Nos unimos los
pintores y acordamos viajar juntos a Colombia, hasta redactamos una especie de reglamento para dar seriedad.
En este tiempo, Colombia era tan peligrosa, por las guerrillas, los asaltos bandas organizadas del crimen,
el sicariato y los arrebatos muy hábiles con la labia, negociantes consumados. Eran de ascendencia árabe.
Mientras, uno de nuestros compañeros se enamoró de una joven que era miembro de una secta religiosa que le
llamaban madre Manyan, eran nombres con que la bautizaban y a los devotos le llamaban “Prabu”. A las finales
el compañero enamorado se fue con la devota que era su enamorado se fue con devota que era su enamorada, los
otros compañeros o colegas de la pintura, buscaban pretextos para regresarse a Lima. Me dejaron
prácticamente solo, pero me daba valor mirando una buena cantidad de obra para ofrecer. La primera ciudad al
que llegue cargando mis esperanzas fue Cali, me aloje en un hotel barato, de allí salía a recorrer la ciudad
y cuando Ilegue a un parque encontré a un grupo de personas cantando con sus campanillas, panderetas, tubas,
bongó que tocaban al son de los canticos. Eran los Hari Krihna, uno de ellos me reconoció, me hizo una señal
con la mano que le esperara. Luego de la prédica me invitaron a su templo para recibir la charla y la comida
gratis, yo los seguía mas por la comida y para hacer contacto con uno de los devotos que me reconoció y se
acercó llamándome “maestro Soto” que gusto de verlo, seguro que tiene obras. Sí, tengo una buena cantidad,
este devoto me contacto con el comprador mayorista. Este tipo ya conocía mis obras y sabía que eran bien
cotizadas. Me dijo: “déjame todas las obras y en la tarde regresas, entonces en la tarde regresaré con las
obras. Se dio cuenta que desconfiaba, entonces de inmediato sacó la plata y me pagó por todo el paquete.
Ahora, ya tenía preparado un calzoncillo con bolsillo donde aseguraba el dinero. Claro que, y caminaba con
mucho temor pensando que en cualquier momento metían la mano al bolsillo, porque sus manos eran unas pinzas
podían vaciar los bolsillos con gran estilo y maestría.
En Cali busqué un almacén de materiales de arte y vi que tenían de todo lo que en Lima no podía encontrar,
cartulinas especiales, la mas fina, Ilamado Arché costaba de 50 soles el pliego. Volví a Lima rápidamente,
después de unos días regrese a Colombia, esta vez Ilegue a Medellín al hotel donde siempre me alojaba, por
coincidencia, también se alojaba un peruano que se dedicaba a vender y comprar obras de pinturas, compraba
baratos y sin firma. En una de esas mañanas me levante temprano y descubro que este tipo se hacía pasar como
pintor, vendiendo las pinturas como si fueran suyas. Apenas dejo el hostal este falso pintor y entro un tipo
medio despistado, con voz alta preguntó al hotelero por el supuesto pintor. Le contesto “ahí está su
compañero” señalándome. Entonces el tipo me dijo si estaba el pintor el tal puiquino. Señor no conozco a
ningún pintor yo soy el único pintor. ¿Cómo se Ilama usted? Me Ilamo Néstor Soto. ¿Néstor Soto? Muy
sorprendido, claro que sí, yo lo conozco a usted. Era uno de mis mejores vendedores de Hari Krhismas. Un
gusto volver a encontrarlo, le invito a servirnos un desayuno y poder hablar de negocios.
Lo veía muy alocado, un charlatán, así y todo, me Ilevo a su oficina en una calle céntrica de Medellín, ahí
reconocí alguna de mis obras como también de mis amigos. En ese momento él no tenía dinero, pero me Ilevo a
un cliente donde vendí 5 acuarelas, dándoles su comisión o sus servicios, pero él no quería dinero sino una
acuarela y esto era para mi mas conveniente. Adiós Medellín y emprendí viaje a Bogotá, capital de Colombia.
Me recomendaba alojarme en el hotel Daluxa que estaba en la Av. Caracas. Llegué sin novedad después de
acomodarme, Sali a cenar eran mas o menos las 8 d la noche y darme unas vueltas como para conocer la ciudad.
Me vestí todo estrafalario, mi pelo todo despeinado, mi pantalón corto, con la camisera afuera y en
chanclas, era el mismo loco. Y caminaba sin fijarme el tiempo, había caminado tanto que ya estaba cerca del
centro de la ciudad, la gente volteaba a mirarme pensando que era un loquito que deambulaba, hasta unas
señoritas que venían por mi vereda se pasaron al frente. ¿Y saben porque me vestí así? Es para que nadie me
moleste ni piensen robarme.
Cuando me di cuenta ya estaba en la Plaza Mayor de Bogotá, vi el Palacio de
Gobierno, el Palacio de Justicia y la Alcaldía. En eso, me dijeron que estaba prohibido caminar a esas
horas, mas aun con esa facha, en efecto, de un patrullero se bajaron varios soldados con metralleta me
pusieron contra la pared con las manos en alto. Me preguntaban por que estaba en ese Iugar, le dije que
quería conocer la ciudad y estaba extraviado. Me pidieron mis documentos y como no los tenia era muy
sospechosa que me encontrara en un lugar prohibido, luego me preguntaron por mi domicilio, le dije que era
peruano, me creyeron por el dejo que tenia y que estaba alojado en el hotel Daluxa, ¿Daluxa? Me miraban ¿Qué
con esta facha me trajeron al hotel? No eran de creer fácilmente. Y preguntaron al hotelero, quien le dijo
que efectivamente estaba alojado en la habitación numero 32, con documentos de pasaporte y visa temporal.
Les agradecí por haberme llevado al hotel. Al día siguiente, ya bien cambiadito, salí a dar vueltas por la
ciudad, después de algunas cuadras Ilegue a un bonito parque llamado el Parque Lourdes donde estaba la bella
iglesia al estilo churrigueresco y en la esquina del parque había una galería de arte, ingrese y vi que
había cuadros y me dijo que costaba un millón y medio de pesos, o sea, 5 veces más de lo que vendíamos. La
señorita insistía en venderme, a lo que le dije que yo también era pintor. Se dio cuenta por mi dejo que no
era colombiano, ¿De dónde es usted? Soy peruano ¿Cómo se apellida? Néstor Soto ¿Néstor Soto? Por favor
espéreme un momentito y salió corriendo para llamar al gerente de la galería. Apareció un señor pelado, me
hizo pasar a su estudio y me trató muy cordialmente.
Increíble lo que me estaba sucediendo, había llegado a la galería donde vendían nuestros cuadros, con un
personal y muchos vendedores que recorría todo Colombia, ni corto ni perezoso, me propuso que trabaje en un
ambiente del 2do piso, mas hospedaje en el mismo Iugar, la verdad que me cayo como anillo al dedo. Llegamos
a un buen acuerdo sobre las condiciones de trabajo y dándome un adelanto para comprar mis materiales. En el
taller que trabaje había muchas pinturas al óleo de paisajes que posiblemente no se vendían, porque estaban
mal hechas, le pregunte si se podía arreglar, retocar esos lienzos. Gustoso me acepto, me puse a retocarlos,
por ejemplo, había un paisaje con mucha nevada, le puse mucha vegetación, una cascada, un lago alrededor,
unas casitas, un camino, una carretera que se dirigía a una casita campestre, lo hice con mucho entusiasmo y
de inmediato arregle en 3 horas le entregué para que lo enmarquen, vaya suerte, ese mismo día un cliente lo
había separado y comprarlo a buen precio. Y desde ese momento me propusieron trabajar exclusivamente para la
galería y a la vez me prohibía pintar para otros.
Me hizo presente que en esta galería se vendían toda la
producción que mandaban de Guayaquil, también supe que yo era conocido en Colombia antes que llegara a
Bogotá. Pero el propietario de la galería ya me iba cansando, era muy celoso y no dejaba de observarme cada
vez que salía de la galería a dar un paseo, estaba atento pensando que me podría llevar algún lienzo. Esta
actitud me hacia sentir muy mal, porque ya no podía salir tranquilo a almorzar. Pero que hacer, aquí tenia
casa, trabajo seguro, alimentación, solo me incomodaba no tener esa libertad para contactarme con otros
clientes, hasta que escuche de un amigo que radicaba en Bogotá (era el papá de la actriz Chelita Cabrera)
era mi amigo pintor que se adelanto antes que yo, y una tarde me busco, nos alegramos al reencontrarnos y
conversamos de nuestra estadía y me aconsejo que saliera de esa galería y que había comprador que pagaba
mejor y me dio sus teléfono y dirección.
Una tarde salimos en busca del comprador, me propuso arrendar un
cuarto grande como para instalar mi taller. El mismo me llevó a comprar materiales y todo cuanto necesitaba
para ubicarme y trabajar para este señor, que, además, tenía un puesto en el mercado de las pulgas,
recomendamos no ir a ese lugar para encontrarse con los clientes de la galería que dejé. En esta galería
también comenzó el tiempo de las vacas flacas, se amontonaban los cuadros y el propietario no podía
pagarnos. Ante esta situación nos pusimos de acuerdo con mi amigo Cabrera para situarnos en este mercado,
pero con mucho temor, porque no teníamos permiso ni visa extranjería. Nos pusimos con mucha cautela en el
Parque Usaken, un parque mucho mas atractivo y bien cuidado. El viento soplaba a nuestra producción a precio
de galería, lo cual me entusiasmó. Pero para nuestra mala suerte, esos días que yo estaba indocumentado, la
policía comenzó a perseguirnos. Era que nuestro ultimo comprador, dueño de la galería, nos mando a perseguir
con la policía.
Pues, nos volvimos ambulantes. Ese sector del mercado de pulgas, pienso, parecido al Parque de Miraflores
donde muchos pintores exhiben y venden sus cuadros. Como digo, ese lugar en Colombia Usaken, hoy en día es
un lugar que llego a prosperar, rodeado de los mejores restaurantes. Hay casi cuatro mercados pulgas, donde
se puede encontrar artesanía fina, obras de arte, chatarra, antigüedades muy interesantes, estos mercados,
ya están amparados por la Municipalidad y debidamente registrados, y es ahí donde durante esos años me
ubique ya con mis documentos en regla. Ahora para obtener estos documentos y que todo esté en regla tuve que
superar muchos obstáculos y permanecer cinco años sin salir del país y cumplir con cerca de 20 requisitos,
solo así me quede en Bogotá, acostumbrándome, “amañándome” como dicen los colombianos “al medio”, aunque mi
sueño era recorrer el mundo solventándome con lo que mas sé: La pintura y la música. Pero los compromisos de
mejor y me dio sus teléfono y dirección.
Una tarde salimos en busca del comprador, me propuso
arrendar un
familia no me lo permitían, porque en cualquier momento tenia que retornar a Lima.
En este vaivén de la vida
tuvimos que pasar veinte años entre Lima y Bogotá, mas aun cuando un grupo de damas me propusieron que les
enseñara a pintar en acuarela, al que gustoso acepté. Eran personas de la tercera edad, que, para mantenerse
en forma, practican deportes, yoga, pintura, artesanía, bisutería, etc. Eran personas de mucha solvencia
económica y no escatimaban en los gastos o comprar cuanto material se requería, además traían tortas,
bocaditos para degustar en clase. Ocurre que, en una de esas clases, por falta de coordinación, nadie trajo
nada. Ante la desazón, intervine y les dije que yo les puedo preparar un plato peruano. El entusiasmo era
tal, y pidieron a domicilio los ingredientes. De inmediato comencé a prepara un lomo saltado, del cual yo
era un experto, y esta situación, me incentivo seguir aprendiendo a cocinar. La afición del arte culinario
me viene de mi abuela y de mi madre.
Como extrañaba la comida peruana, y comencé a prepararme mi comida. La gastronomía es como la pintura, lo
observas detenidamente y dices aquí falta algo, en la comida dices qui falta sazón. Por esta razón, mis
alumnas de arte siempre me proponían prepararles algo de comida peruana y cuando este todo preparado servía
en finas vajillas. Con este grupo de personas conocí sus haciendas y grandes finjas de grandes extensiones
con piscinas, caballos, además de sus paisajes y vegetación exuberantes, lleno de flores exóticas que le
daban su ambiente divino, digo, que tal vez por estas cosas me quede en Bogotá muchos años, claro, de cuando
en cuando retornaba a mi patria para reencontrarme con mi familia visitar Huamanga, especialmente en Semana
Santa; donde he vivido exponiendo mis obras de temáticas del paisaje urbano Huamanguino; que lo pintaba de
memoria como dicen “de perfil bajo” sin mucho bombo ni platillo. Las autoridades encargadas de velar por la
cultura brillaban por su ausencia; ni por equivoco se acercaban.
Sin embargo, tuve la suerte de hacer mi
exposición de acuarela junto a un pintor que ocupaba todo un ambiente atiborrado de cuadros y para mi me
dejo a penas un pequeño espacio. A este colega las autoridades le pasaban invitaciones; otros venían para
agasajarlo. Sus obras no tenían nada que ver con lo Ayacuchana; eran paisajes como el lago Titicaca, los
monumentos históricos del Cusco. A pesar de esto, cuando salía, me encargaba como si fuera su vendedor, para
el colmo se hacia pasar por Ayacuchano, siendo Cuzqueño. Pero el publico me daba la razón, cuando entraban a
la exposición, al ver los cuadros de mi colega se pasaban de largo, pero cuando llegaban al pequeño ambiente
donde exponía mis obras, llegaban y comentaban al apreciar mis obras y me preguntaban por el pintor o autor,
de inmediato les decía que yo era el autor de las acuarelas, para evitar confusiones con mi colega pintor.
Y, en dos días de exposición, casi la mitad de mi producción ya estaban vendidas; mientras mi colega llegaba
casi desesperado a preguntar que “si se había vendido algo”.
Al despedirnos me compro mis cuadros, se quedo
triste. De esas fechas he expuesto dentro y fuera del país, pero siempre pensando mis obras con bastante
originalidad y de acuerdo al gusto del cliente. Mis trabajos lo hago con bastante amor, alegría, nunca
amargado. Pues, toda mi vida he vivido del arte, desde los primeros momentos que comencé con la artesanía en
mi propia creación, luego pasé a la acuarela, porque estos trabajos no requerían de tanto implemento o
espacio; lo hacía con el material mas barato eran los mismos pigmentos que utilizaban en la textilería o en
la albañilería que utilizaban para dar tonalidad a los pisos con su pigmento y se llamaba nogalina, que se
vendía por kilos y muy barato. Los mezclaba con acuarela y otros. Comenzaba a pintar sin saber como o cual
seria el resultado, fue tan espontáneo que me ayuden a expresarme también como la tinta Carter, que antes
usaban los escolares, lo degradaba con agua y obtenía unos tonos que me ayudaban para pintar paisajes
marinos, aquí la tinta cumplía una gran labor, los formaba y les daba movimiento a las aguas.
Otros
materiales que me daba era el yodo y aceptil rojo que servía para curar heridas me servía para pintar
techos. A estos experimentos mis colegas pintores me criticaban, ni les daba importancia con tal que sea de
la aceptación de mis clientes. Hasta hoy sigo haciendo lo que yo quiero, por ejemplo, les añado a mis obras
velas o ceras, para separar espacios o dar efectos diversos, hasta el vinagre de cocinar, un poco de sal,
que nadie podría imaginar, me servían como secantes de tinta, el papel higiénico, escarcha doradas o
plateadas sin olvidar las temperas, acrílicos. Con todo este material pintaba, igual que un aderezo en el
arte culinario. Las cosas me salen muy bien, la fotografía también me ayuda como referencia. Como repito,
cultivo la artesanía con materiales desechables, la acuarela, cerámica, la escultura, grabado en linoleums o
maderas, y últimamente el óleo que es mas universal o prefieren los clientes; y no me quejo, claro que
siempre tiene sus bajos como todo. No todo es color de rosa, como dicen más bien hay que capear como un buen
torero, por eso conozco a los clientes y también donde exponer. Por ejemplo, en Ayacucho no debía presentar
motivos marinos, o sea, donde, a quien ofrecer, así como en la música hay que ver con que publico estoy y
donde, el arte tiene que tener identidad. Felizmente hasta hoy mi labor de artista lo he venido superando
con gran éxito, los obstáculos siempre fueron un reto, y siempre digo “mientras haya vida hay esperanza”,
aun me queda es pintar en libertad, lo que me plazca mi mejor opción es el paisaje, me deleita cuando las
cosas me salen bien.
“Los sueños, sueños son”, aun quisiera recorrer el mundo para hacer conocer toda mi experiencia. Mientras
esto
llegue, sigo haciendo cada día algo nuevo, ahora con la nueva tecnología que mueve al mundo, con nuevas
visiones, nuevas técnicas y materiales que van creándose, pero el tiempo es implacable para poder logra lo
que uno sueña.
De esta forma sigo adelante, con mucha fuerza, mucha esperanza y envuelto en mi mundo de pintar, pintar y
pintar. Gracias por aceptar mis relatos desde el rincón de mis garabatos.
Néstor Soto ArgumedoLima 5 enero 2026